miércoles, 7 de marzo de 2012

luxemburgo zapatillas telefono


Bajó del 47. Chacarita hervía. La temperatura ascendía a más de treinta grados.
Miles de hombres y mujeres abordaban el subte en ese día de verano, no eran vacaciones para ellos, su jornada laboral recién iniciaba.
-otra vez viajar como perros- pensó Rosa. La habían tomado en una fábrica de zapatillas.
Llegó.
Calor, humedad, hedor a rata, mucha gente, poca conversación.
Le dieron un delantal y la incorporaron al sector que bordaba los apliques. Se pincho la mano y la sangre mancho la suela.
-negra torpe-le grito uno de los acomodados del Patrón.
No contestó.
La indiferencia era el mejor camino, en el último trabajo la habían echado por interesarse: había votado a favor de la lista roja, en contra del patrón.
-usted no puede trabajar más acá, en este lugar hay solo espacio para los que creen en la democracia, le dijo el señor Ramírez.
Apenas cruzo el umbral de su casa, sonó el teléfono. No llego a atender. Le habían dejado un mensaje:
-aléjate de la mierda, mosquita.
De vuelta a madrugar, chacharita, el tren, viajar como sardina enlatada, dolor de espalda, nena no llegues tarde, ojos cansados. De a ratos, cuando la rutina le hace un espacio a los pensamientos, cuando el piloto automático se apaga, se acordaba del mensaje con la amenaza, se acordaba de la fabrica en santos lugares, de Aldo. Aldo le había hablado de un mundo mejor, le había explicado que era posible, que el no pregonaba una religión sino algo basado en la realidad, en bases científicas, condiciones objetivas, que ella era la responsable,que tenía que tomar las riendas del cambio, que ella era en si misma un sujeto revolucionario, que ella tenia el poder como tantos otros de cambiar la realidad, esa realidad aglutinante; y cuando se acordaba de eso y de lo que sintió en esa asamblea, de lo que sintió cuando todos juntos pararon la actividad y lograron la reincorporación de carlos y de la cara de los hijos de carlos cuando se enteraron, se acordó nomás entonces de que en esos momentos sentía que estaba a pacitos, que era un poco más de esfuerzo y se acababa con esa vida de mierda, de contar las monedas para comprar el pan, de decirle a Susanita que le pidiera hojas prestadas a sus compañeritas, de pedir fiado, de usar ropa usada. pensaba en todo eso y se odiaba. Se odiaba por cagona, pero, a la vez, sabia que no podía permitirse el lujo de que la echaran otra vez, no podía dejar todo por espejitos de colores le decía su vieja.
Marita lloraba, lloraba que daba calambre. Viajaron juntas en el bondi esa vez y ella no sabia que hacer, que decir, es que Marita no pronunciaba palabra desde la hora del almuerzo.
El colectivo llego llenísimo, la gente se metió entre ellas y quedaron separadas, rodeadas de extraños, cuyas cabezas estaban a kilómetros de ahí, ausentes completamente.
Rosa escuchaba la respiración entre cortada de marita, en un freno, le escupió la verdad, el hijo del patrón la había tocado, se la había llevado al fondo.
Rosa agarro la agenda colorada. Llamo a Aldo. Necesitaba escuchar su voz, pero ella tenía muy en claro lo que tenía que hacer.
Al día siguiente, convenció a Marita de que ella no era la culpable de lo sucedido,de que ella era libre de vestirse como quería y de que el patrón no tenia porque despedirla por quejarse, que estaba en todo su derecho de hacerlo. Hablaron con las demás compañeras y ahí se enteraron que eso era moneda corriente en la fabrica, desde hacia años.
Rosa estaba indignadísima. Les conto la experiencia de la otra fabrica, como organizándose podían conseguir lo que querían, que no era una batalla perdida. Las mujeres la escuchaban atentas, pero la miraban desconfiadas, al fin y al cabo a ella la habían despedido de su trabajo anterior.
Rosa propuso que se juntaran a la salida en un bar de por ahí.
Eran las ocho, hacia media hora que Rosa estaba jugando con los sobrecitos de azúcar y mirando los restos de galletita que le habían traído con el café. No iban a venir. ¡que tonta! ¡que ilusa! Cómo se le había ocurrido pensar que se arriesgarían por un par de palabras que había dicho ella, ella la ignorante, Aldo si que sabía motivar a los demás, movilizarlos por causas justas como esa. Era la primera vez que ella ponía en palabras lo que pensaba, que lo decía a viva voz, que se reconocía, que tomaba conciencia de quien era y de que tenía que hacer.
Diez minutos después, apareció la primera.
Quizás seguirían siendo solo dos por mucho más tiempo, pero rosa tenía confianza en que ese era el camino y en que pronto se convertiría en realidad.

1 comentario: