miércoles, 15 de agosto de 2012

Entro al hospital pensando en que jamas hubiera podido seguir medicina, si bien era algo que me apasionaba, creo que no me habia percado de lo triste que está la gente en los hospitales, en la puerta hay un señor tomando café, lo bebe con tanta paciencia como si se le fuera la vida en ello. la señora de al lado hace durar su cigarrillo lo más que pueden. ambos saben que van a tener que volver a entrar, para ver eso que es la decadencia humana, eso que es la impotencia de no poder hacer nada. Yo entro al hospital pensando en que el presupuesto para salud es cada vez menos, me cruzo con goteras, una silla de ruedas echa de plástico, frío, ascensores rotos, una señora me cuenta que la llevaron al quirofano sus hijas con un paraguas encima porque no había camillero. Busco la puerta, mi puerta, el destino que yo tampoco quiero enfrentar pero para con el que no tengo de excusa ni un café ni un pucho ni nada. entro al cuarto y me asfixio hay muchas camas, busco con la mirada perdida y la veo, sonríe. me cuenta que se porto bien y que está mareada, yo le digo que descanse que ya vamos a ir a pasear juntas como antes, ya nos vamos a tomar un café. La viejita de al lado me mira contenta, ella está sola y las visitas ajenas son un poco como lo único que tiene, entonces yo le hablo y le pregunto sobre cosas que no quiero saber, pero que ella tiene que contarle a alguien. también me habla del desastre que es el sistema y de que su protesis llega de a cachos, me cuenta con resignación que está ahí hace días y que que se puede hacer. yo no entiendo porque nos seguimos quedando de brazos cruzados, pero no es el momento, me dice mamá, para discutir esas cosas.
Todos cuchichean a su alredor y pienso que debe ser horrible saberse hablada, ella mira y no entiende, no se quiere mover porque tiene miedo de lastimarse, no puede hablar mucho, pero trata de escuchar con los ojos.

el hospital
es el espejo
en donde nadie quiere mirarse.


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