viernes, 8 de enero de 2010

estamos en la terraza todos. cáp 1.

Estaba vestida perfecta y adecuadamente, muy acorde a la situación. Era una chica impecablemente desastrosa, todo en su vida desentonaba con una armonía digna de Beethoven, ese día había decidido salir sola, porque estaba harta de los horarios y las demanda de los otros, quería hacer lo que ella quería, cosa que en ese momento no tenia muy clara. Pensó en ir a caminar por Palermo, después en ir a pasear por la plaza serrano, aprovechando también los tan lindos modelos que allí se venden, pero luego se dio cuenta de lo que andaba necesitando era aire y un libro. Necesitaba poner sus neuronas a funcionar, concentrarse en una historia e inspirarse para poder escribir la propia.
Quería estar linda, así que se puso el vestido que había comprado hace dos días en la feria americana, era largo, larguisimo, pero le gustaba, le daba un aspecto bohemio que le sentaba bien.
Agarro su morral, y se fijo que había dentro: las llaves, el suplemento de un diario, boletos de subte, su billetera con plata y una caja de puchos semi vacía, se puso a buscar el encendedor, no lo encontró, así que decidió robarle uno a su madre, era rojo, lindo color.
Agarro monedas del cenicero y se fue.
¿A dónde vas pregunto su hermano? Salgo con una amiga, contestó.
Le sorprendió su respuesta, ¿Por qué le había mentido? Quizás era cierto eso de que le aterraba la soledad, de todas formas no era el miedo a estar sola, sino a que la vieran sola, a que la sintieran sola.
Camino cuatro cuadras a la parada, recibió dos piropos, por llamarlos de alguna manera en el camino y se sentó a esperar en el escalón del nuevo local que ahora se encontraba allí, le molestaba soberanamente la aparición de ese negocio.
El colectivo llego vacío, como siempre.
-1.25 por favor. Gracias.
Se sentó en uno de los bancos solitarios de la izquierda y apoyo las alpargatas en la barandita del costado de la pared, no sabia como se llamaba, para ella era el apoya pies, era una costumbre, le gustaba hacerlo.
Miro por la ventana todo el viaje, pensaba en todos y en ninguno.
Empezó a ver a todos sus amigos y conocidos, y a hacerse una reseña mental, cuando era chiquita sentía que estaba en un programa, por lo que siempre que un suceso de su vida le parecía llamativo, o alguna de sus actuaciones inexplicables, le indicaba al publico el porque de su procedimiento, con los años perdió la costumbre, aunque a veces mentalmente se descubría haciéndolo, solo que ya no era un programa de tv, sino, uno de radio
Llegó. Camino por acoyte hasta Rivadavia, luego por Rivadavia hasta el parque.
Hizo dos paradas en su camino, la primera para comprar cigarrillos ( “hola, un lucky diez, gracias”), siempre que paraba a comprar puchos, pensaba que debía cambiar de marca, que estos ya no los soportaba, que se había aburrido, pero siempre los pedía.
Se había vuelto un hábito.
La segunda para saludar a alguien indeseado, una amiga de su madre. La molesto cruzársela, cuando era mas chiquita y recién empezaba a fumar, era uno de sus grandes temores. Incluso, luego de que su madre se enterara, ella seguía temiéndole. Le importaba mucho conservar las apariencias en ciertos círculos, para las amigas de su madre, ella era una santa, una niña digna de confianza, luego de otros incidentes de su adolescencia, esa apariencia se había caído a pedazos, ella igual simulaba no saberlo y seguía imitando el papel que tanto le pesaba y que con tanto gusto insistía en cumplir.
Por fin llego a su tan querido parque, te tenia abandonado pensó, y primero se dio el gusto, de dar una vuelta por él. Estaba tan lleno de recuerdos que se asfixiaba, sin embargo, eran en su mayoría, buenos. Paso por el lago y por los juegos, le dieron ganas de hamacarse, pero todas estaban ocupadas por sus legítimos dueños.
Se prendió un pucho y abrió un cuaderno, anoto dos o tres oraciones.
Se levanto y camino hasta la parte de los libros usados, tenía ganas de leer algo, pero algo realmente interesante, tenia algunos en mente, pero igual le gustaba hojear en busca de sorpresas y nuevos autores.
Siempre empezaba de atrás para adelante, era pura costumbre, también quería un disco, uno de jazz que le había recomendado Sebastián.
Fue lo primero que encontró y lo primero que compro, estaba diez pesos. Le agradaba conseguir cosas a la mitad de su valor, y sinceramente no le importaba que estuvieran usadas, de hecho eso les daba un cierto velo de misterio.
Siguió caminado y chusmeando, se puso a hablar con un vendedor sobre una película, un documental mas precisamente, odiaba hacer esas cosas y tener esas discusiones, pero simplemente no toleraba, que la gente se la diera de cosas que no era.
ella lo hacia y lo había hecho toda su vida, pero eso no quitaba su enojo, al fin y al cabo era una hipócrita hecha y derecha.
-¿Cecilia, Cecilia Magarola?
Se dio vuelta bruscamente, no estaba de ánimos como para otro encuentro inesperado.
-si. Contestó con una voz tímida, apenas levantando la mirada.
-¿te acordas de mí?
Ahí fue cuando revoleo totalmente los ojos hacia arriba. ( ¿quién era ese tipo, de la facultad no debía ser, porque sino no le hubiera preguntado si se acordaba de el, ¿seria un primo lejano de esos que le había hecho conocer papa de chiquita? ¿el novio de una amiga?, sinceramente no podía reconocerlo, y no sabia como disimularlo.)
-Soy Alexis, Alexis Munerman
De repente, su cerebro trabajaba a mil, buscaba la fichita de radio con ese nombre, y ahí CLICK.
La información cayó de golpe, todo, era un ex compañero de la secundaria, uno que no era su amigo, lo había conocido por la militancia, pero habían compartido poco, no mas que una o tres reuniones y un par de fiestas, el se egresaba, justo cuando ella estaba empezando a militar.
-si, cómo no me voy acordar de vos ¿cómo estas, che, tanto tiempo?
No era una pregunta falsa, sinceramente le interesaba saber que había sido de su vida.
-bien, che, ¡cuánto tiempo!, ¿estás ocupada? ¿queres ir a tomar un café?
No sabía que decirle, su cabeza en este momento era un maremoto de situaciones, estaban volviendo como flashes todos los recuerdos de su secundaria, de su militancia, de Alexis. Le sorprendía la perfección con la que recordaba cada detalle, cada sensación.
-ehm bueno, dale.
-che si no tenes ganas, no, eh. Todo bien.
-sísí, dale, ¿a donde queres ir?
-y a Venecia, pero bueno, hay que conformarse con lo que se puede.
Ese chiste pelotudo, la había sacado de quicio, ya ni sabía si tenia ganas de irse a tomar un café con ese flaco del cual se acaba de acordar. Había arruinado su salida sola.
-acá seis cuadras hay un lugar que tiene los mejores helados de caballito. ¿No tenes ganas de tomar uno, digo, por el calor?
-okey, dale, si, hace mucho que no como uno.
Caminaron casi en silencio, ambos estaban dándose cuenta de lo incomodo de la situación. Quizás no era incomoda, sino mas bien normal, pero el mal humor de Cecilia y los chistes malos de Alexis, generaban un ambiente agresivo y hasta áspero.
Llegaron a la heladería; Alexis la dejo elegir a Cecilia y pago él. Eso no le molesto a ella, como casi siempre lo hacia, es mas hasta le pareció gentil de su parte.
-frutilla a la crema, con sabayón. Ah y por favor, la frutilla arriba.
-yo quiero dulce de leche granizado con chocolate amargo.
Nunca entendió a los que pedían dos sabores “empalagosos” por decirlo de alguna manera, ella necesitaba siempre un gusto frutal para cortar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario