martes, 6 de diciembre de 2011

de obsesiones y otros mambos

Hace algunos años, bastantes, para ser sincero, tuve que recursar una materia del secundario, que por esos momentos yo detestaba “desenvolvimiento humano” se llamaba y a mi me sonaba a pura paparuchada.
la materia consistía en analizar los supuestos problemas de la sociedad y en intentar modificarlos; a mi lo que realmente me indignaba era el hedonismo de esos muchachitos con los cuales cursaba, que se sentían totalemente bondadosos por haber hecho tal o cual regalo algún dia, creían cambiar vidas, creían ser el cambio. Pero claro que por esos entonces, yo era un escéptico, un descreído, y aunque algunas de esas cosas las sigo pensando reconozco que me mantenía asqueado de tanto vanglorismo pelotudo y al mismo tiempo hipócrita, hipócrita porque no hacia nada ni siquiera para mentirme a mi mismo, ni siquiera lo intentaba, habitaba los días con una pesadez morsistica, si, de morsa.
Mi profesora, una joven idealista, luchaba con nuestra abulia día a día, pero a mi sus modos me parecían de un falso progresismo inaguantable, a veces peor que el de mis compañeros, que al fin y al cabo solo sabían reproducir la moda, era todo pura apariencia, desde mi punto de vista, claro, si yo estaba tan lejos, que a veces no podía comprender que ellos o al menos algunos, realmente sentían que esa era la manera, que con esa ayuda que brindaban cambiaran alguna vida, aunque sea la propia y que peor era nada, peor era ser como yo. Para mi todo era relativo, nada era estatico, para ellos había constantes, había constantes que había que quebrar, que deshacer, constantes que le arruinaban la vida a todos, para mi nadie era sincero en ese mundo acartonado, donde la moda, tan superflua como siempre, a veces se paraba del lado izquierdo y otras terminaba volcando a la derecha más asquerosa y reaccionaria.
Yo, prefería mantenerme al tanto. Opinaba poco. Quizás esa fuera mi forma de cambiar al mundo. Un cambio por omisión.

En fin, un día, una mañana, de esas que uno vive todos los días. Mi profesora me despertó de mi siesta interminable con un 1 en la mano y una citación para marzo.
Nunca nadie se había llevado esa materia, En el recreo, los pibes más grandes me palmeaban el hombro y las chicas me susurruban entre risotadas que estaba haciendo historia, definitivamente me sentía un campeón.

Pero...¿en qué consistía llevarse esta materia aparentemente inllevable?

-GUTIERREZ, pase.

Por primera vez, entre a un geriátrico. El olor era asqueroso, la recepcionista desagradable, la vejez, la decrepitud, los remedios, el olor a desinfectante, los dientes postizos en vasos agigantándose por el agua, la radio al mango, las enfermeras con sus conversaciones triviales, sus esmaltes chillones, ajenas, ajenas completamente y la recepcionista, llamándome y yo entrengandole el formulario de la escuela y presentándome y explicándole que si, que me había llevado una materia y que para aprobarla tenia que hacer trabajo voluntario por 120hs y que si, y que como me la voy a llevar, y que bueno, que aca no estamos para cuidar nenes con ganas de hacerse los rebeldes, que aca se viene a trabajar, y que si que ella la conoce a verónica, y que si verónica es un amor, seguro re buena profesora y yo un mocoso insoportable y maldito y que si anda con Celia que te dice que hacer.
Y entre comida barata, insecticida, pastillas de tamaños industriales, pañales, sabanas sucias y rostros decrepitos pasaron mis primeros días.
Las señoras me incomodoban en un principio, con sus miradas maternales y sus búsquedas de algún esbozo de cariño, muchas veces intentaban por horas sacarme una sonrisa, hacerme un chiste, sacarme conversación, que las oyera, ante todo eso, necesitaban decir, no importaba que, pero saberse vivas y parte de esa realidad, que por momentos, se les hacia tan ajena, que por momentos les pasaba por arriba, esa realidad que no entendían. Los hombres, por el contrario, primero eran menos y segundo, estaban siempre tristes o inexpresivos, a la espera, se sentían inútiles y trataban de darme consejos o criticaban, pedantes, siempre, se quejaban de la inutilidad, de la juventud.
A veces me causaba pena, pero nadie parecía advertir estas cosas, las enfermeras seguían su rutina, el cocinero veía el partido, la recepcionista hablaba por teléfono con sus novios y todo pasaba, como una pelicula mala que uno nunca termina de entender, quizás por su simplicidad. Sin embargo, lo realmente insoportable era la solo idea de pensar que yo sería así algún día, así,que habiendo vivido una vida quedaria olvidado en algún lugar como este, en donde a nadie le importara un cuerno nada.
A veces, me corrían desesperados cuando me iba, para decirme algo, contarme algún pedazo de historia que se les atravesaba en el momento y que querían hacer perpetuar en alguien, muchos de ellos ya ni tenían pulso para escribir, era su forma de pertenecer, de crear realidad. Y es entonces que me decían:
-los fosforos antes venían de a diez. Se usaban para seducir, prenderles el pucho a las putas.
O
-a las cuatro de la tarde, naranjo en flor, a las cinco las muñecas bailan y a las siete pasaban la cena de las luces, con pepito picolaro.
Otras veces, se reían solos, o empezaban a hacer ruidos raros, a inventar música. Algunos estaban bien cuerdos, entonces esos, se ponían a criticar a alguna vedette o algún político. Yo no simpatizaba mucho con estos últimos, prefería a los locos. Al menos, me rompían las pelotas con cosas menos verdaderas y más graciosas.

Una tarde, calurosa, de verano, mientras yo estaba regando las plantas. Escuché un grito. Marta, la otra enfermera, me llamo, resulta que Julia, una de las viejitas de ahí, trasmutada, escuchando la radio, se había puesto blanca y había empezado a decir:
Pero ¿con qué armas puede uno enfrentarse a la mala fe cuando tiene la desgracia de ser puro de corazón?
El procedimiento era el mismo de siempre, me necesitaban para sostenerla, mientras le clavaban una aguja con algún calmante.
La verdad, ciertamente, me parecía una porquería, que aplacaran los sentimientos de esa forma, es decir, esta gente vivía a través de eso, a través de esas frases, esos ruidos, esos recuerdos, ¿no? Esos quizás, las cosas que nunca habían pasado y que ahora sonaban más irreales todavía, o no? ¿O era absolutamente al revez, y en realidad ellos estaban más cuerdos que nunca? No estarían tratanto de trasmitirnos alguna verdad de la vida, que nosotros desoíamos de irreverentes?
-Marta, ¿vos pensas que una persona que va perdiendo la memoria sigue siendo la misma? ¿hasta que punto la memoria te constuye como ser humano? ¿Cuántas cosas que nos acordamos, realmente nunca pasaron? ¿la verdad existe?
-jajaajjaajjaj pibe! Deja de boludearme y anda a lavar el baño.
Y esa clase de ser humanos, era la que me hacía ser como era. Un insensible. Sin embargo, esa frase me había despertado algo adentro, algo que seguiría creciendo hasta convertirse en una plaga.

con que armas puede uno enfrentarse a la mala fe, decía, cuando tiene la desgracia de ser puro de corazón, Julia no tenía pinta de pura y eso era lo que más me había simpatizado de ella, sin embargo el concepto de pureza había variado tanto de una generación a la otra, que uno no podía asegurarse bien de que hacia referencia eso de ser puro. Además, la frase no parecía propia de ella, sonaba más a un dicho popular o en todo caso a un radio teatro,¿ cuantos años tendría julia?. MANTENLO PRENDIDO FUEGO, NO LO DEJES CAER Y MANTENLO PRENDIDO FUEGO, mis pensamientos fueron burdamente interrumpidos por el celular de algún pobre samaritano que pasaba por la calle.

Al día siguiente me dispuse a averiguar. Julia estaba sentada en el patio, mirando las azaleas. La salude y le pregunte por el episodio de ayer a la tarde. No se acordaba. Le mencione la frase, bastante frustrado y casi sin esperanzas. Y se le ilumino la cara. Su memoria, era como la de un elefante, me dijo, y de hecho instantáneamente después de eso, me mostro un tatuaje que tenía bien oculto en sus carnes flojas, en su omoplato tenía dibujado un pequeño espécimen de elefante avejentado ya por la poca elasticidad de la piel. Sonriéndome, me conto, que se lo había hecho por si alguna vez le pasaba algo, por lo menos quería mirar eso y saber que atrás hubo una vida y una persona, una persona que creía en los tatuajes, en el amor, y en la felicidad.
We, que profundidad la tuya, seguro eras una rebelde sin causa, que se lo hizo para molestar a sus padres. Dije.
Se ofendió.
No me hablo como por tres días, hasta que un día, el último. Cuando me estaban despidiendo entre sanguchitos y coca cola berreta, si, me había llegado a querer las enfermeras y yo a ellas, aunque quizás solo fuera porque las ayudaba con las cosas pesadas y más asquerosas, o porque las dejaba ver la novela o por lo que fuera, fue ahí entonces, cuando se me acerco, despacito y me dio un papelito, un papel con una letra toda corrida, que decía :
varias cosas:
1) Disculpas
2) No tenías razón.
3) La verdad es siempre subjetiva
4) Si queres saber alguna verdad, una de esas que no te cambia la vida, te espero en el salón a las tres. Trae torta.
Julia ferreyra

No entendía porque no me contaba en ese instante, Sali a buscarla, pero no estaba, dormía me dijeron. Me fui a casa. Iba a comprarle una torta muy rica, tenía ganas de llevarla al zoológico, para que viera un elefante, aunque no creo que le gustaran así, encerrados, como su memoria, intentando traspasar alguna reja, alguna barrera, para comunicar, para expresarse, para ser. Fui a la panadería de tita, me anime a comprar una torta de frutilla que siempre veía y jamás me animaba a comprar por lo cara, lleve unas flores también, unas margaritas, me puse un traje, no se porqué pero estaba seguro de que esa historia me iba a cambiar la vida, me iba a hacerme replantear algo seguro, incluso estaba convencido de que iba a presenciar algo mágico. A las cuatro, me dispuse a marchar con paso lento, pero firme, hacia el geriátrico. Me abrió sorprendida, la puerta, la recepcionista, pero que churro que estás, que haces por acá, ya se termino el examen, aprobaste! Nono, vengo a ver a Julia, tenemos una cita, dije con una mirada que me había enseñado mica y que decía que a las mujeres las derretía. Ines, me hizo pasar, me sento en la sala de espera, y vino con esa cara, yo conocía esa cara, era la cara que tuve que poner una vez, la cara que le puse a la hija de ese viejo, la cara de perdón disculpas pero es asi la vida y antes de que se me acercara y sin saber muy bien porqué se me pianto un lagrimón, no iba a patalear,ni a enojarme ni a hacer un papelon ni siquiera desperdicie la torta y se la regale a martita que sé que le gustan los dulces. Me estaba por ir, cuando se me acerco Celia, la otra enfermera, con un papel en la mano MIGUEL MIGUEL TOMA, ELLA HUBIERA QUERIDO QUE TE LO QUEDARAS.

Y lo abri. Era una servilleta. LONDON CAFÉ. Atrás, escrito, con una letra quebradiza, la frase de julia, pero esta vez firmada: Raul.

Y ahí me di cuenta, me di cuenta de todo. Lo entendí.
La tire en la calle, porque no hay que aferrarse a nada en esta perra vida, a nada más a que a la propia verdad, que a la memoria, que a las pasiones por cosas como los elefantes o las frutillas, que todo se muere, me digo, pero también pienso, más bajito y casi para no escucharme, que el mundo tan relativo no es, porque algunas cosas son constantes, como los corazones rotos, las mujeres que te destrozan, los bares y los señores como raul que se enamoran de cualquier sonrisita, que diga,gracias por el fuego.

Un dia, una noche, una chica encuentra la servilleta. La usa para sonarse la nariz,al fin y al cabo el mundo es un pañuelo.

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