jueves, 15 de diciembre de 2011

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Suena el teléfono. Es maría, me dice mamá.
Yo no tengo muchas ganas de atenderla, porque cada vez que llama, es para molestarme y decirme que soy muy lindo e invitarme unos helados. A mi el helado no me gusta mucho, salvo el de chocolate amargo o el de dulce de leche granizado, igual ese no es el problema, la complicación del asunto son sus curvas poco pronupciadas y su pelo de lluvia y su nariz de enano bebe.
Matías me dice que eso no es lo importante, que maría es una chica tan sutilmente bella, tan capaz, tan “Exquisita”. Fede dice que es una intelectual de las que te coges con ganas y música tailandesa.
Pero yo pienso que ni siquiera es que no la quiero por su aspecto de secretaria avinagrada o de feria vintage, sino porque cuando me mira con ojos de huevo duro me hace pensar en lo mala persona que soy. Entonces, yo la atiendo y le digo: -hola maru! ¿cómo andas? Ahm un ¿helado? Bueno dale, ¿en dónde?
Y voy y la veo y me encuentro con ella todos los días y comemos helado o caminamos –de la mano- o tomamos cerveza en el bar de toto y todos me dicen:
-que linda que es tu novia, Martín.
Pero yo por dentro solo veo su cara y le siento tanto olor a huevo frito que cuando la beso, tengo ganas de tener un pancito para mojarlo en su baba.

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