En el parque Rivadavia había una
vez un chico que era el más lindo de todos. Yo me encontré con él y llegue
tarde y temblaba porque no sabía si íbamos a tener algo! Algo de lo que hablar!
Algo en común. En el colectivo pensé en contarle algo sobre unas monedas, pero
cuando llegue, el me miro y tomo las riendas. Lo escuche, me confesó muchas de
sus porquerías y lo gracioso o estúpido era que las compartíamos, nos sentíamos
unidos en la mierda. Después comenzó a criticar mis teorías confabulatorias y
se puso triste porque pensó que yo ya no lo quería, que él era para mi solo un
tonto. Y yo lo deje abandonado en la calle de un poeta y después le escribi un
poema. Pero nunca más me quiso hablar y nunca le pude contar la verdad de este
poema, nunca le pude contar lo que había acá adentro, lo que contenía mi
cabeza, que en palabras no se dice, sino que más bien se piensa.
Y él estrujado caminaba, pensándose
idiota y yo estrujada caminaba pensándome idiota. Pero nunca caminábamos para
el mismo lado y siempre nos chocabamos con otros que se pensaban idiotas.
Hasta que un día nos cruzamos y el
me dijo que me odiaba.
Hasta que un día nos cruzamos y le
pedi perdón.
Hasta que un dia nos cruzamos y
desaparecimos, nos volvimos dos extraños.

No hay comentarios:
Publicar un comentario